Gente pueblerina símbolo de solidaridad y añoranzas

En la vida de las zonas rurales todavía perduran añoranzas de memorias lejanas. No hay pueblo que no tenga algún vínculo tenue o intenso con la universalidad de la condición humana dolida y hambrienta de gloria

En la vida de las zonas rurales todavía perduran añoranzas de memorias lejanas.
No hay pueblo que no tenga algún vínculo tenue o intenso con la universalidad de la condición humana dolida y hambrienta de gloria

No hay pueblo sobre la tierra que no sean a la vez un instinto y un escenario cambiante y complicado.

No hay pueblo que no tenga algún vínculo tenue o intenso con la universalidad de la condición humana dolida y hambrienta de gloria.

Hay pueblos que de tanto perder y perder se hacen heroicos y vencedores.

Santiago es el discreto callejón Jacuba y un balcón de orquídeas temblorosas.

Es el sopor de las tardes pepineras, joyeras y de la insólita “bahía” de Pueblo Nuevo (que nunca ha visto el mar), cuando se preciaban de “románticos” y donde el Sol aún se pierde a media tarde en los primeros ramalazos del otoño.

Es la inocencia que pasa vestida de colegiala, es el humo de los anafes del hospedaje Yaque, la cuaba dura y el bosque verde, navegando entre las nubes de la misericordia.

Por ahí se van llegando las madrugadas de cilantro sabanero, las manzanas serranas, el molondrón amontonado a orillas de la esperanza.

Esto es el himno doloroso del poeta Suárez Vásquez, que construye un ritual y un peregrinaje intenso.

Todavía es Cucharimba, el mago del pueblo en la risa de los niños que juegan a ser futuro y es el incienso de la pascua y sus adentros.

Es el pequeño fuego de la madrugada, el hilo de los anhelos cotidianos, el café que pilaron esas manos discretas de las mujeres de pueblo.

El toronjil del mercado que diseña su fragancia memorable, la yerbabuena que sustancia nebulosa de la vida diaria.

El espejo donde viene a verse cada quien a la altura de su propia distancia.

Es ese orbe de trovadores “populares y cultos” que van de Juan Antonio Alix a Tomás Hernández Franco a Manuel Del Cabral y a otras presencias de la imprecisa inmortalidad de un territorio.

Hay un vínculo indeleble entre el barrio, que es el nervio eficaz de la actualidad y la enramada campesina, que no niega su ruralidad ni su raíz serena.

Hay un entendimiento entre la superficie y la hondura, entre la guitarra frenética y la pluralidad de sus sueños, entre la multitud y la vida solidaria.

“Los hombre son monstruos y fieras indomables, el hombre es bueno”. (Tagore, lo dijo más o menos).

elnacional.com.do

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