Frontera y pasaporte

Federico Henríquez Gratereaux.

Federico Henríquez Gratereaux.

Hay muchas personas que defienden a los emigrantes indocumentados haitianos por “razones humanitarias”. Estiman que todos los seres humanos tienen “derecho a la vida”. Es doloroso no tener “en qué caerse muertos” y, encima de ello, verse apresados y despachados a su país en un camión sobrecargado, como si fueran cerdos que van al matadero. Existen defensores de los derechos civiles; y también defensores de los derechos humanos. Los derechos “del hombre y del ciudadano” han evolucionado desde la época del abate Sieyes, ensayista y académico francés, quien alcanzó nombradía durante la Revolución Francesa. Los “derechos del hombre” han encontrado vida separada de los “derechos del ciudadano”.

Entre la “última generación” de los derechos humanos se encuentran: el derecho al trabajo, el derecho a la educación, el derecho a la alimentación; como es obvio, el cumplimiento de estos derechos depende de que haya comida, existan aulas y oportunidades de empleo. O sea, que son deseos o aspiraciones supeditadas a que las “condiciones materiales” permitan su realización efectiva. En cambio, los derechos civiles aparecen taxativamente formulados en constituciones y leyes. Los derechos del ciudadano han sido siempre privativos de los nacionales de cada país. En las “polis” griegas los extranjeros no tenían derecho a participar en política y en muchas otras actividades.

Caso extraordinario: el de Aristóteles. Nacido en Estagira, población de Macedonia, Aristóteles estuvo junto a Platón en la Academia durante diez y ocho años. A la muerte de Platón no pudo dirigir la escuela “por no ser ateniense”. Se vio obligado a crear una escuela nueva. El discipulado no fue suficiente para echar a un lado “las leyes de la ciudad -estado”. Los pobladores de una región reservan para sí el control del gobierno mediante “reglamentos de ciudadanía”.

Cuando hay mucho territorio y poca población, los líderes políticos pueden pensar que “gobernar es poblar” o colonizar. Así ocurrió en muchos lugares de América -tierras enormes-, especialmente en EUA y en Argentina. El jus soli, en estos casos, reina incondicionado. En Europa, donde ocurre lo contrario: poca tierra y mucha gente, se ha preferido el “jus sanguinis”. En una isla sobrepoblada es inevitable un conflicto por documentos civiles. No existen pasaportes para “ciudadanos del mundo”.

hoy.com.do

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