Llegando al llegadero

Federico Henríquez Gratereaux.

Federico Henríquez Gratereaux.

Cuando un niño desbordaba la paciencia de los padres, solía decirse; “estamos llegando al llegadero”. Esa expresión se empleaba hace cuarenta años; y no sé si ha desaparecido de los usos lingüísticos de los dominicanos jóvenes. Significaba, aproximadamente: “no habrá más remedio que castigar esta conducta intolerable y hacer valer la autoridad paterna”. Dicha frase puede aplicarse a las relaciones dominico-haitianas con toda propiedad. Es hora de que los embajadores dominicanos en Puerto Príncipe no sean individuos tildados de “prohaitianos”; no quiere esto decir que deban ser “antihaitianos”; pero sí deben pensar, actuar y trabajar, a favor de la República Dominicana; como los embajadores haitianos, que trabajan siempre a favor de su país.

El embajador Cinéas ha sido relevado en sus funciones por Daniel Supplice, otro veterano del servicio exterior. Un brujo de Elías Piña, llamado Sinencio, pronosticó que el tiempo de Cinéas había terminado y que ahora le robarían el reloj en lugar del teléfono celular. Sinencio recomendó al canciller dominicano y a los líderes políticos de nuestro país, que comieran “testículos de puerco con pimienta y ajo”… para reforzar los impulsos viriles. Ayer el Ministro de Relaciones Exteriores ha dicho que la actitud de Haití es “inaceptable”. Añadió: “la paciencia del país tiene un límite”. No sabemos si probó el plato “recetado” por el brujo.

Durante las últimas décadas, algunos intelectuales dominicanos han tratado de convencernos de que el bongó es un instrumento musical mucho más refinado que el piano; que creer lo contrario es fruto de la “hispanofilia europeizante” que nos “inoculó” el gobierno fascista de Trujillo. Ese “blanquismo” trujillista nos impide valorar adecuadamente los elementos africanos de nuestra cultura. Mediante este “ideologema” falaz pretendían acercarnos a la cultura de nuestros vecinos-fundada en la negritud, el “voudu” y el creole-.

Así servían a los intereses extranjeros que financian esta manipulación cultural. Dichos intelectuales son partidarios de un “internacionalismo” interesado que sólo beneficia a grandes países. Para los pequeños, es una especie de “recolonización” a través del folclore. Total, nada; han desatado las pasiones nacionalistas que pretendían aherrojar con sofismas. Sofocar o extirpar la identidad dominicana es un esfuerzo “contra natura y contra historia.” Y por ello condenado a un rotundo fracaso.

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