Muertos sin zapatos

Federico Henríquez Gratereaux.

Federico Henríquez Gratereaux.

Al entrar vi enseguida que la caja era de pino, como la de Mambrú; pero la tapa no era de cristal. También era de pino; la habían recostado sobre la pared, a un lado del ataúd. Aquel día bajé de Jarabacoa a La Vega para asistir al funeral de Ciriaco Cuenta. Al cruzar la puerta de la funeraria El Desengaño recordé al niño que chapoteaba en el río Camú, capaz de dar “pancadas” olímpicas, dignas de la ciudad donde nació, creció y murió. Me había puesto un saco gris apresuradamente; no encontré corbata negra para anudarme al cuello. Algunos llevaban brazaletes de luto en las mangas del traje.

-Venga, capitaleño, siéntese aquí, acompáñeme. Desde que entró lo reconocí, a pesar de los muchos años sin verle. El ataúd destapado dejaba ver el cuerpo entero del muerto; veía su rostro, el pecho, los pies. Tenía puestas unas medias blancas. –Había cumplido 70 años de edad; murió tranquilo, en su cama. -¿Dígame usted, es una costumbre vestir al muerto con medias blancas?- Pueden ser de cualquier color; esas se las puso su mujer para que se notara lo bien lavadas que estaban. Lo que no puede tener el muerto son zapatos; los muertos no van a ninguna parte; no necesitan zapatos.

-¿Quiere usted decir que los muertos no caminan hasta el cementerio?- Claro, hay que cargar la caja. -¿Qué hacía Ciriaco últimamente?- Lo de siempre; toda su vida fue un pintor de boca; tocaba instrumentos de viento. -¿Qué es un pintor de boca; sé lo que es un telón de boca, pero pintor…… -Bueno, él contaba tantas cosas maravillosas que podemos decir que pintaba cuadros con la boca. Explicaba las cosas viejas y las nuevas. Ciriaco pasó la vida cuenta que cuenta; todos querían hablar con él o comer con él.

-¿Qué instrumentos de viento tocaba Ciriaco? – ¡Oh! ninguno; lo que digo es que todo salía del aire de su boca. Ahora no tiene oxígeno en los pulmones y no podrá deleitarnos a todos. – Comprendo; él fue quien me explicó la necesidad de tener “respondedero”, esto es, un lugar hacia dónde huir cuando eres perseguido; un agujero para refugiarte. Me lo mostró “sobre el terreno”, con las jaibas propias del río Camú.

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