Una leyenda urbana santiaguera: el fantasma del aguatero

AGUASucedió cuando aún nuestras calles eran pedregosas y polvorientas y en ellas crecía silvestre la verdolaga. Era la época en que la oscuridad de la noche era rasgada por los incandescentes destellos de los faroles y la actividad diaria cesaba con las nueve campanadas de la Iglesia Mayor.

Persistía la costumbre de la venta de agua por las calles, labor que desempeñaban los denominados “aguateros” o “aguadores”, jovenzuelos que tomaban cargas de agua en el Yaque y que envasaban en calabazos primero, luego en bidones y al momento de este episodio, en latas cuadradas que antes contenían gas. Las transportaban en burros dotados de aguaderas tejidas en bojucos.

Cada “bando” de aguateros tenía su punto de recogida en el río. Los “perros” – como se denominaban los de Pueblo Arriba – lo hacían en Nibaje y los “chivos” – aguateros de Pueblo Abajo – en una ribera cercana al paso de Los Borbones. Rivales por coger agua en sitio ajeno o por cualquier tontería, “se iban” a los guayabazos, terronazos y puñetazos. A las trifulcas se unían luego jóvenes vecinos de ambos “pueblos”.

Uno de esos aguateros siendo jovencito, pero curtido en la ardua labor, murió. Posteriormente era oído pregonando su cristalina carga: “El agua…el agua….”. Su alma en pena convivía con los humanos. Continuaba pensándose dueño de los bienes terrenos.

Un día, cuando el sol apenas asomaba sobre el cerro del Castillo, una señora, vecina de la avenida Valerio, escuchó el clásico pregón y le solicitó al joven dos latas del líquido, pidiéndole lo echara en una tinaja que tenía en el comedor. La señora se ausentó a la cocina a sus tareas habituales dejando ocho centavos sobre la mesa como pago de la carga. Escuchaba el agua cayendo en la tinaja, pero grande fue su sorpresa cuando al regresar encontró vacío el recipiente y las monedas sobre la mesa.

No sabemos durante cuánto más tiempo se escuchó a este espíritu no trascendido, a este ser que permanecía bajo las influencias corporales, pero no hay dudas de que su fantasmagórico tránsito por las calles santiagueras aterró a toda una generación.

(*) Relatada por mi abuela Trina Pichardo Hernández Vda. Hernández, 1991.

Por Edwin Espinal Hernández /  Publicado en facebook.com/groups/santiaguerosdetodoslostiempos

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