Eduardo Antonio León Jimenes, creador de un imperio

E. León Jiménez

E. León Jiménez

Eduardo Antonio León Jimenes, tercer hijo de Antonio y María Natividad, nació en Guazumal, el 29 de diciembre de 1884. De todos los León Jimenes, fue quien reunió el mayor número de atributos, y éstos lo convirtieron prematuramente en un exitoso industrial tabaquero que llegó mucho más lejos de lo que su padre y sus hermanos jamás hubiesen imaginado. Parece que había en él, en dosis apreciables, inteligencia, conocimiento de su medio y de la gente, madurez, elevado sentido del deber moral, apertura hacia las relaciones humanas con personas de todos los estratos, y aptitud para la dirección empresarial. De no haber confluido en él tal acopio de rasgos excepcionales, difícilmente habría alcanzado la posición que llegó a ocupar en la sociedad santiaguense y nacional.

Eduardo León Jimenes —que es como su nombre quedó registrado en la historia de la industria tabaquera— aparece, en la remembranza de José Ulises Franco, como “un jovencito de sonrisa franca y de rostro agradable”. Creció en el medio rural que hemos descrito, de ahí su aprecio por la soledad del monte, sus destrezas de cazador y la siempre estimulante presencia de sus perros pointer, fieles compañeros en sus cacerías de palomas. Pero estaba destinado a trascender la ruralidad de origen a través de los negocios. Hombre disciplinado y puntual, se regía por un itinerario inquebrantable, levantándose temprano y con horas específicas para comer y dormir. Su humildad, su sentido de la honradez y su espíritu emprendedor se vieron enriquecidos por su gran fe en el ser humano y en el equipo que junto a él, hombro con hombro, levantaría la empresa que estaba a punto de nacer.

El 3 de octubre de 1903 —el mismo mes y año en que la ciudad de Santiago fue capital de la República—, dos meses y veintiséis días antes de cumplir diecinueve años, Eduardo León Jimenes fundó “La Aurora” en ochenta tareas de tierra cultivadas de tabaco, en la comunidad de Don Pedro, Guazumal, provincia de Santiago. Según la tradición familiar, el nombre de la nueva empresa fue inspirado por el de doña Aurora, esposa de don Juan Hernández, ambos vecinos de Antonio León, que influyeron mucho en Eduardo para que instalara su fábrica de cigarros. El legado de don Antonio a su tercer hijo, una mediana propiedad donde inició sus labores con dos o tres tabaqueros y una nómina de empleados muy reducida (que no excedía las seis personas, incluyendo a los tabaqueros); una empresa que iba a transformarse, a la vuelta de unos años, en la segunda de su género en el país, sólo superada por la Compañía Anónima Tabacalera, y más avanzado el siglo XX, cuando desapareció la dictadura de Trujillo, en la primera industria en su ramo en la República Dominicana y una de las más notables de toda la región del Caribe.

El 11 de abril de 1907, el Congreso Nacional, luego de las tres lecturas constitucionales, aprobó la Ley de Registro de Marcas de Fábrica y de Comercio, que el Presidente Ramón Cáceres firmó en el Palacio Nacional de Santo Domingo, el 16 de mayo de ese mismo año. Eduardo León Jimenes, siempre apegado a los principios establecidos por la ley, obtuvo para su empresa el correspondiente título, con número de registro 245, de fecha 16 de noviembre de 1911.

Eduardo León Jimenes, un hombre nacido en el campo, entre los cultivos iniciados por su padre —un pionero de la producción tabaquera en la zona de Guazumal—, sabía que a veces con trabajo duro y sacrificio ciertas utopías se convierten en realidades. Eduardo tuvo que luchar mucho y pasó momentos apretados, cuando pocos bancos se aventuraban a prestarle dinero, pero su entusiasmo nunca decayó. Las fotografías de su juventud, sentado al escritorio donde realizaba su faena diaria, solo o junto al fiel Ramón Aybar, lo muestran con una sonrisa de satisfacción por el deber cumplido y esperanza en el porvenir. Es una sonrisa contagiosa que delata su buen humor, ése que nunca le abandonaba ni en los períodos cruciales y de grandes dificultades. No hay que observar mucho esas fotografías para adivinar, en la transparencia de sus grandes ojos claros, en ese momento fijos en algún documento que leía en mangas de camisa, su confianza en el proyecto que había iniciado con tan magros recursos.

“La Aurora” había comenzado sus operaciones como una pequeña empresa de carácter familiar, bajo la conducción de Eduardo León Jimenes, un mozalbete visionario que a la vuelta de unos decenios iba a convertirse en el nombre por antonomasia del industrial tabaquero en la República Dominicana. De la comunidad rural de Don Pedro, Guazumal, en 1903, con un personal compuesto por dos operarios, una despalilladora y dos ayudantes, y una tirada diaria de 600 tabacos, la empresa fue consolidando su prestigio a base de excelencia en la confección: una calidad superior que se evidenciaba en la textura, el aroma y el sabor, y que le permitía competir ventajosamente con otras marcas más poderosas y renombradas.

En 1912, Herminio —hermano inseparable de Eduardo— le había propuesto el traslado de la tabaquería a la ciudad de Santiago, hecho que tuvo lugar al año siguiente. Ya en 1915, la empresa se había establecido en su local de la calle Independencia. Aunque la mudanza fue un cambio significativo de escenario, todavía en 1917 la distribución de productos terminados se hacía a lomo de mulo, en recuas que debían sortear los obstáculos de caminos vecinales enfangados cuando no infranqueables. No había carreteras ni transportación de géneros en vehículos de motor hacia las comarcas. Toda la producción se consumía en el Cibao, pues no era fácil enviar tabacos a las regiones este y sur. Pero ninguno de estos escollos amilanaba el espíritu combativo de Eduardo y Herminio, ni hacían mella en el ahínco con que perseguían sus metas empresariales.

Después, el mejoramiento del sistema vial del país facilitó la distribución de artículos comerciales, modificando las condiciones del mercado del tabaco, que siguió siendo, empero, muy irregular. A diferencia de otras industrias que incursionaron en la elaboración de cigarrillos, “La Aurora” se propuso perfeccionar sus tabacos hechos a mano, que fueron ganando crédito en la preferencia de los consumidores, hasta alcanzar una inmejorable reputación en todo el país. “La Aurora”, en pocos años, gozaba de la aceptación general y era una empresa notable, no por el volumen de su mercancía, sino por la consistencia de la calidad, aspecto que situó a esta marca de fábrica en un lugar privilegiado de la industria tabaquera nacional.

El dinamismo de Eduardo León Jimenes en aquellos lustros iniciales de dura labor se sustentaba en su inquebrantable fe en el cultivo del tabaco y sus proyecciones a largo plazo. Estaba resuelto, junto a Herminio, a mantener la tradición en que se había formado y en legarla a sus herederos en el momento preciso. Sus relaciones con los tabaqueros —a las que debía buena parte de su éxito—, lo mantuvieron siempre ligado a los campos y a las cosechas de tabaco, lo cual determinó su gran interés tanto por la siembra y la industrialización como por el mercado, y en sus últimos años de vida, la exportación de tabaco. Así, lleno de confianza y optimismo, continuaría Eduardo su incansable trabajo, con la mirada puesta en el porvenir.

El 16 de octubre de 1916 contrajo matrimonio con la señora María Asensio Córdoba —cariñosamente Mayún— , según consta en el libro No.17 de la Oficialía del Estado Civil del Primer Distrito de la Común de Santiago.

Al año siguiente, los hijos comenzaron a llegar, siguiendo un ciclo de intervalos casi regulares. María Rosa, la primogénita, vino al mundo el 26 de agosto de 1917. Eduardo Antonio, primer varón, el 13 de octubre de 1919. Francisco Fernando Arturo, el 2 de abril de 1922. Carmen Margarita, el 13 de julio de 1925. Carlos Guillermo Antonio, el 6 de febrero de 1928, Clara, nacida el 31 de octubre de 1931, y José Augusto César, venido al mundo el 21 de febrero de 1934.

Don Eduardo no era hombre inclinado a la política, pero sí muy solidario y su participación social se hizo sentir en las instituciones de la ciudad, como el Centro de Recreo y la Cámara Americana de Comercio, Industria y Agricultura, cuya defensa de los intereses empresariales de la provincia no pudo contener el despliegue de fuerza instrumentado por el régimen de Trujillo para monopolizar la producción y comercialización del tabaco. El compromiso de don Eduardo con la Cámara se tradujo en reconocimiento, pues fue su Primer Vicepresidente, llegando a ser elegido (en ausencia) Presidente para el período 1932-1933, pero él, al presentar renuncia, declinó la distinción que se le había ofrecido.

La vitalidad de don Eduardo comenzó a resentirse por una afección cardíaca que le obligó a disminuir el ritmo de su labor y la frecuencia de sus apariciones públicas. Durante los últimos cuatro años de su vida estuvo prácticamente recluido en su hogar, aunque viajó a Francia para someterse a exámenes médicos y análisis de laboratorio cuyos resultados eran luego remitidos a los doctores Manuel Grullón o Alejandro Espaillat, sus médicos personales en Santiago. Los hijos de don Eduardo seguían de cerca cuanto acontecía en el segundo piso de la casa, donde el enfermo, recluido pero atento a las palpitaciones del hogar y la empresa, sabía ya que sus días estaban contados.

El 29 de septiembre de 1937, a las diez de la mañana, en la casa número 22 de la calle Independencia, falleció tranquilamente don Eduardo León Jimenes, a consecuencia de una “lesión cardíaca”, de acuerdo con el diagnóstico certificado del Dr. Manuel Grullón. En ese hogar que había sido morada de aspiraciones y sueños, dejó de respirar el fundador de “La Aurora”, padre de una familia numerosa que ahora dejaba en manos de doña Mayún, la joven viuda —ésta tenía entonces cuarenta y un años de edad— que en lo adelante tendría que hacerse cargo, ella sola, de la crianza y educación de los hijos. La muerte del esposo produjo un enorme vacío en el seno de la familia León Asensio y en la sociedad de Santiago, donde él había echado los cimientos de una industria destinada a convertirse en una de las más importantes de la República Dominicana.

Después de las exequias y el llanto familiar, don Herminio León Jimenes, el hermano entrañable, quien sin proponérselo había estado preparándose para hacerse cargo de la empresa, asumió responsabilidades plenas de Presidente de E. León Jimenes, C. por A., a fin de seguir con paso firme la labor iniciada por don Eduardo. En esas lides no estaría solo, pues habría de contar con la colaboración de los hijos mayores del difunto, Eduardo y Fernando, de dieciocho y quince años, respectivamente, sobre todo el segundo, un muchacho que parecía su hijo por las afinidades compartidas. Ambos amaban la tierra, se entendían con los campesinos, conocían a fondo la naturaleza de la actividad tabaquera y podían trabajar sin descanso ni comida durante toda una jornada que comenzaba a las cinco de la mañana y se extendía hasta el crepúsculo.

Texto: José Alcántara Almánzar e Ida Hernández Caamaño

 

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